San Lorenzo conoce esa diferencia mejor que nadie. Porque lo vivió y lo sigue viviendo.
Cuando en 2017 una empresa privada multaba abusivamente con cepos y se quedaba con el 77% de la recaudación del estacionamiento municipal, no fueron los concejales los que salieron a frenarlo. Fueron los vecinos organizados, con Sylvia Villalba en el grupo organizador, los que obligaron a rescindir ese contrato. Sin cargo. Sin estructura partidaria. Sin esperar que alguien les diera permiso.
Cuando la municipalidad intentó dividir el terreno de los Bomberos de Reducto para cederle la mitad a una seccional política, tampoco fueron las instituciones las que reaccionaron primero. Fue la presión ciudadana, articulada y sostenida, la que hizo retroceder al poder.
Cuando los vecinos del Triángulo de Bares llevaban años sin poder dormir y la ley no se aplicaba, alguien decidió llevar el caso hasta la justicia. Se logró la adecuación acústica de los locales y la imputación de los polutores.
Esos no son discursos. Son hechos con fecha, nombre y resultado.
Lo que distingue a Sylvia Villalba no es solamente lo que hizo. Es cuándo lo hizo y por qué lo hizo. Cada una de esas peleas ocurrió fuera de toda campaña electoral, sin micrófono encendido, sin votos en juego. Ocurrió porque había una injusticia y alguien decidió no mirar para otro lado, decidió luchar por la ciudad sin distinción de partidos, origen, creencias o clases sociales.
Eso tiene un nombre: coherencia. Y en política, la coherencia es el bien más escaso.
San Lorenzo está entrando en un nuevo ciclo electoral. Van a aparecer muchas voces.
Muchos van a hablar de los barrios, de la corrupción, de la gente. Algunos lo harán con convicción. Otros, con conveniencia.
La diferencia no se ve en los discursos. Se ve en el historial. En lo que cada uno hizo cuando nadie estaba mirando y cuando no había nada que ganar.
Diez años de lucha ciudadana no se improvisan. No se compran. No se copian.
San Lorenzo ya sabe quién es quién.